26 abr
A medida que los años pasan, es habitual desmenuzar de forma recurrente relaciones pasadas, buscando sin descanso, o bien alejar el sentimiento de culpabilidad por haber provocado su fin, o bien el motivo que originó el rechazo recibido. Y, aunque es cierto que el tiempo todo lo cura, no es menos cierto que también todo lo endulza.

amor

Autor foto: Camdiluv ♥ AmmyLynn

Una relación no debemos afrontarla con sinceridad cuando ya ha terminado, sino que habríamos de mirarla frente a frente a medida que nos adentramos en ella. Y para ello, si bien es cierto que no existe una única receta, no cabe duda de que hay dos ingredientes para ella imprescindibles: el conocerse a uno mismo y el ser sincero con la otra persona. Pero cualquiera de ambos no se encuentran fácilmente si no existe predisposición y valentía para ello.

Hace varias semanas, lagrimeando con la película “El día de la boda”, en la que una desdichada mujer acaba encontrando el amor de su vida, me sorprendía en dos ocasiones el guión del protagonista masculino cuando replicaba las lágrimas de esa mujer, aún en la etapa en la que se sentía desdichada, aseverando que ella tenía la vida amorosa que quería. Y ella, al escucharlo, se sentía aún más infeliz, sola e incomprendida, si cabe. ¿Cuántas veces te has sentido igual? ¿Cuándo ha sido la última vez que conversando con alguien sobre tus desdichas amorosas, en vez de recibir apoyo tal y como tú esperabas, te han señalado como culpable de encontrarte en tal situación y has enrabietado?
Hablar de sentimientos, no es fácil. Porque no es fácil poner sobre la mesa aquello que permite conocernos (por temor a que lo utilicen en nuestra contra), ni aquello que nos duele (porque implica enfrentarnos a un problema), ni todo aquello que no tenemos claro (podemos darnos cuenta de cómo nos sentimos, pero no atinamos con el motivo que lo provoca). Y no sólo no es fácil hablar de sentimientos con otra persona (conocida o no), sino que ni siquiera lo es para con nosotros mismos.
Por todo ello, parece razonable que, cuando trasladamos a alguien nuestras dudas y titubeos amorosos, no seamos del todo concisos, ni sinceros por completo sobre nosotros mismos, o desconozcamos los motivos que inducen a actuar de determinada manera a nuestra pareja y, en aras de encontrar el sosiego, los supongamos y adoptemos como ciertos, aunque a veces sea de manera errónea.
Si yo no veo con claridad lo que hay dentro de mí, parece difícil que lo vean desde fuera. Y, si así fuese, ¿por qué han de señalarme como culpable sin explicar claramente los motivos y he de perderme en frases ambiguas o cortadas para dotarlas de interés cuando carecen de contenido?
Y cómo es capaz de infundir calma y sosiego la conversación desinteresada y sincera con un desconocido que siente lo mismo. Que aún no ha conseguido lo que quiere, que no desiste en conocer para encontrarlo, y que soporta estoicamente los escollos que se encuentra en el camino. Y es ese desconocido el que, al compartir con sinceridad sus temores, se convierte en apoyo. El que seca las lágrimas desdichadas y hace volar la soledad e incomprensión.
No tengo la vida amorosa que quiero, porque aún no sé lo que quiero. A medida que el tiempo pasa, éste me enseña a ver con claridad lo que no quiero y a veces me permite esbozar en sueños un futuro que creo sería el perfecto. Pero esto último sólo es una ilusión. Y lo primero, es un gran avance. No es posible buscar lo desconocido, aunque no pierdo la esperanza de encontrar mi media naranja para recorrer el camino restante. Y entre un punto y el otro, no soy culpable de no haberla alcanzado, no he de permitir que nadie me haga sentir cobarde y he de sentirme llena por dar cada paso con firmeza, sinceridad y convencimiento de encontrarla. “Si lo puedes soñar, lo puedes lograr” (Walter Elias Deisny).

Firmado: Colores

2 comentarios

  • Me ha gustado mucho.

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    buenos,Me Disfruta su website,muy informativo, Te falta sólo una herramienta de traducción el resto tudo ok!
    hasta
    excusa mi horrible espanol!